15 Años de utopía

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Quince años de utopía

Por Agustín Ramos

 

“...pinto en la pureza del auto aislamiento, en el mundo frágil y transparente de los que no tenemos nada que perder....”

                                                              Mario Patiño

 

El número quince me recuerda las celebraciones de barrio que, al igual que las liturgias de sus antagonistas, son expresiones de la cultura establecida.

¿Hay algo más convencional que un pastel y el vals de los quince años, con la presentación de la festejada en sociedad, el discurso del padrino y la ostentación paterna? Sí, sí lo hay. Mayor convencionalismo es el desprecio que las celebraciones de esta clase suscitan en los sectores medianamente ilustrados, pretendidamente cultos e inexplicablemente enriquecidos.

            La mayoría de las presentaciones de libros, de los cocteles inaugurales y de los conciertos de gala, con su impuesta y supuesta superioridad, no representa más que la otra cara de una misma cultura en la que el arte es comparsa y el principal festejado es el poder, donde el padrinazgo reitera su discurso ante las reinas y los zánganos de siempre.  

            Sin embargo, mientras el ritual de las quinceañeras ofrece candidez genuina, emociones reales, verdadera cursilería, su complemento y contraparte sólo ofrece el simulacro, el espectáculo de la nada, los consensos serviles, el clientelismo corruptor.

Ante esa cultura sólo parece posible el arte del rechazo: la obra de quien niega con toda la fuerza de su individualidad. Porque, a fin de cuentas, cada quien celebra como puede y, sobre todo, como le da la gana. Pero lo que distingue al arte y al artista es su voluntad, es decir su fuerza para mantenerse aparte y en contra de toda la gama de gustos buenos, malos, peores y mejores.

            En su libro Teoría estética, Theodor W. Adorno afirma que la cultura es el ámbito en donde el individuo se opone a la masificación. “Cuanto más se totaliza la sociedad, cuanto más perfectamente se va reduciendo ésta a un sistema monocolor, tanto más en las obras de arte, en que se acumula la experiencia de ese proceso [totalizador, totalitario] se convierte en su opuesto”.

            Para Adorno, el arte “viene en auxilio de lo no idéntico, de lo oprimido en la realidad por nuestra presión identificadora”. Y si la cultura establecida oprime y masifica, “sólo por medio de su absoluta negatividad puede el arte expresar lo inexpresable, la utopía”. 

Así, “en la pureza del auto aislamiento, en el mundo frágil y transparente de los que no tenemos nada que perder”, Mario Patiño ha transmutado su negativa en una  continuada transgresión, en una constante profesión de fe anticonvencional. Su obra entera, en sus distintas épocas, siempre ha constituido una respuesta a los estragos de un principio de realidad hostil, una documentación de las decadencias propia y ajena.

            De los fosforescentes acrílicos sobre tela, de 1994, y sobre madera, de 1998, hasta el abigarrado recurso de esgrafiados, martillos y pedazos de tela en lugar de pinceles, la trayectoria creativa de Mario Patiño luce un talento sostenido y una rabia que persevera en hallar la traducción más leal del caos.

            En un entorno de mediocridad gremializada que ha dado en llamarse comunidad artística, este artista sobresale por la fuerza que le confiere su negativa a subordinar sus propuestas estéticas y éticas a intereses económicos y a  coyunturas políticas. En palabras del crítico cubano Juan Antonio Molina, Mario Patiño es “una de las personalidades más fuertes entre los artistas que actualmente trabajan en el estado de Hidalgo”. Sólo me permitiría agregar que la marginalidad y la dignidad no sólo le dan fuerza: también lo hacen único.

Por lo demás la creación de Mario Patiño no es estática, no permanece quieta y, de manera recíproca, tampoco permite la quietud del observador. Además, mientras su obra figurativa nos asalta, la obra abstracta preserva idéntica agresividad pero se desplaza a lo ancho y a lo hondo exigiendo agilidad y, a la vez, una apertura y una atención extremas por parte del testigo.

            Y el resultado, tanto en lo figurativo como en lo abstracto, es el mismo: un cuestionamiento radical de lo moderno, claridad para habitar las zonas oscuras, luminosidad insobornable: congruencia ética y solidez estética.

            Con perspectivas irreales y puntos de fuga arbitrarios, así como con múltiples líneas de horizonte, reincidiendo en trazos predominantemente diagonales, la etapa más reciente del artista se caracteriza por el logro de un equilibrio entre los excesos de la espontaneidad y los signos minuciosamente reflexionados.

            Porque ahora este artista se ha impuesto la obligación de expresar su colérico anhelo de tolerancia mediante temas y técnicas donde conviven los contrarios: transparencia para intensificar la saturación del color, umbríos resplandores, violentísimas ternuras, dolor de la presencia y angustia de la ausencia, conjunción de lo racional con lo irracional, de la emotividad con la impasibilidad, de lo visceral con el refinamiento espiritual.

            Más que ruptura con su obra previa, la obra reciente de Mario  Patiño marca una transición. Las figuras sin cuello y cráneos robotizados acentuaban la desintegración, denunciaban la escisión entre la mente y el cuerpo, la moral y la conducta, el deseo y la satisfacción, la unidad y lo diverso.

Ahora, más que denunciar a la desintegración, la somete a una síntesis estridente, la obliga a un diálogo civilizador y la hace aparecer más asimilable y por ello más feroz, más letal, más sutil.

            Con el vértigo de saber que el tiempo no se detiene a condescender con los mortales, entre complacido y utópico, Mario Patiño celebra otros quince años. Sin más padrino ni más velas que su “soledad en llamas”.                    

           

 

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